El espejo oscuro de Daniel Lezama

La primera impresión que causan los grandes óleos de Daniel Lezama -algunos de ellos verdaderas "máquinas de salón" donde la figura humana está siempre cercana del tamaño natural- es la de una referencia formal inequívoca a las grandes tradiciones pictóricas, desde los Grandes Maestros hasta la pintura criolla del siglo 19 mexicano. Enseguida, la segunda impresión devuelve de golpe al espectador a su tiempo y lugar: lo que vemos sucede hoy, es una ficción dramática narrada en un escenario cotidiano, inmediato. La tercera impresión es más compleja: asistimos a un montaje audaz de significados que permite aventurarse en múltiples niveles de lectura y referencia social y artística.

Por su característica combinación de virtuosismo técnico, desinterés por el formalismo y la apropiación precisa de temas y planteamientos subversivos, la pintura de Daniel Lezama constituye un elemento de excepción en la agitada escena de las artes visuales de México, donde la tradición pictórica modernista tardía exige aún del artista evitar las referencias al entorno nacional, en tanto que las nuevas tendencias desarrollan una estética globalizante. Su reciente notoriedad invita por un lado a muchos críticos y curadores a reconsiderar los clichés vigentes sobre el posicionamiento internacional de la pintura mexicana, y por otro a que un sector del medio pictórico confronte las severas limitantes que se ha impuesto a sí mismo. Desde el inicio de su carrera profesional en 1995, cuando todavía estudiaba en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, Lezama ha seguido una ruta atípica para un pintor mexicano, poniendo en práctica una pintura que se asume como discurso artístico plenamente vigente y se coloca de lleno en la mira de los principales canales de distribución del arte contemporáneo internacional.

Un factor que contribuye a la respuesta exhuberante del público es el indudable impacto emocional de su obra. Lezama se da a la tarea de desenmascarar una realidad maquillada y mediatizada por el sofisticado aparato de la representación social, y pone al servicio de la invención de imágenes una memoria visual apasionada: su patente realismo carece de referentes directos o mediáticos.

Vecindades en ruinas, barrios polvosos, lotes baldíos, así como una multitud de objetos, prendas y gestos corporales constituyen el gran teatro imaginado de la marginalidad y la necesidad humanas donde el pintor reconfigura incesantemente -a ras de suelo o a flor de piel, por así decirlo- las imágenes y los emblemas simbólicos de su identidad personal y comunitaria. La carnalidad, la indiferencia, la ternura, o el fatalismo confluyen en los personajes de éstas pinturas para constituirse en una herejía contra la sensibilidad contemporánea, inaugurando la superficie de un espejo oscuro, jadeante e irónico que confronta el andamiaje político y cultural que nos separa de las crasas realidades de la existencia.

En algunas instancias, su temática se concentra en un ámbito o lugar específico; por ejemplo, en su más reciente exhibición en la Galería OMR, , el artista sorprendió al público sometiendo los episodios fundacionales del paisaje del Valle de México al flujo instintivo del imaginario visual, e invitándolo a viajar a través de auténticas reediciones personales del material histórico comunitario de la megalópolis. Bajo la forma ambigua de dramas familiares o representaciones alegóricas, las grandes pinturas conforman un expediente no censurado de sitios e íconos artísticos que han atestiguado la confrontación del mexicano con su identidad.

Nacido en 1968 de padres mexicano-americanos, Daniel Lezama viste de forma casual y se expresa con fluidez; a primera vista, su aspecto apacible parecería contradecir la visceralidad de su pintura. Hace poco empezó a trabajar con la Galería OMR, el bastión de arte postconceptual de la capital mexicana, que tiene planes de llevarlo a diversas ferias de arte en este año; también prepara una individual para otoño en Roebling-Hall, una galería vanguardista de Brooklyn. Es un trabajador metódico que divide su tiempo entre el aprovechamiento de las horas de luz diurna en su estudio, situado en un amplio edificio abandonado del centro de la Ciudad de México, y una extensa labor de promoción y relaciones públicas. "Me sorprende que los públicos no especializados logren muchas veces acercarse a mi trabajo con mayor facilidad e inmediatez que la gente del medio", comenta. "A veces pienso que hay que aprender de nuevo a correr el riesgo de involucrarse con una historia, a detenerse el tiempo que exige la pintura, a ver con otros ojos, con el corazón y la cabeza a la vez".

Mayo 2002.


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